Analicemos el 9 de marzo


Pasadas unas semanas de la celebración de las elecciones, parece ya un tiempo prudencial para llevar a cabo un análisis sosegado de ellas, y sacar unas conclusiones, que nunca dejaran de ser provisionales. Si expertos sociólogos y politólogos discrepan a la hora de enjuiciarlas y no se ponen de acuerdo, no voy a ser yo el que deje zanjado el tema. Mi única pretensión es la de valorarlas desde la perspectiva de un ciudadano de a pié. No quiero hablar de aspectos que se han comentado ya por activa y por pasiva: el porcentaje de participación, la victoria del PSOE y la consiguiente derrota del PP, que llevó a Mariano Rajoy a plantearse su renuncia a seguir liderando el partido de los populares, y que provocó una lucha fratricida, en la que tuvieron gran protagonismo importantes medios de comunicación, inclinados por la figura de la divina Esperanza Aguirre. Pretendo fijarme en un aspecto concreto, cual es en los votos que han dado el triunfo a Rodríguez Zapatero. Han sido 11.064.524 de votos; unos 30.000 más que en las elecciones de 2004. No es desdeñable destacar que tras cuatro años de gobierno, que suele producir un lógico desgaste, haya visto incrementados sus votos.
La pregunta clave es clara. ¿Por qué ha recibido votos de Izquierda Unida? La respuesta podría ser, de que I.U. se ha quedado arrinconada sin espacio político, merced a la política de profundo calado social, llevada a cabo por el gobierno de ZP, como Ley de Dependencia, Ley de Igualdad, de Violencia de Género, reformas en el proceso del divorcio y el matrimonio de homosexuales, que han sido más valoradas allende de nuestras fronteras que aquí, como suele ocurrir con relativa frecuencia.
En cuanto a la recepción de votos por el PSOE, procedentes de partidos nacionalistas, como Esquerra Republicana, Eusko Alkartasuna, Chunta Aragonesista, aceptando que la respuesta es compleja y que una explicación concluyente podría resultar difícil, me atrevo a lanzarla. El gobierno socialista durante esta legislatura ha sido criticado duramente por parte del PP, e incluso, por algunos políticos de su propio partido, acusándole de estar haciendo concesiones excesivas a los nacionalistas, y que por ello estaba troceando España. A las pruebas me remito. España sigue existiendo, con la ventaja añadida de que los nacionalistas han visto sensiblemente reducidos sus apoyos en sus territorios respectivos. Veámoslo: Esquerra Republicana ha pasado de los 636.000 votos del 2004, con 8 diputados, en buena parte explicables por la política de nacionalismo español excluyente de Aznar, a 289.000 con 3 escaños. En Euskadi, Eusko Alkartasuna ha pasado de los 80.000 votantes y 1 diputado del 2004, a los 50.000 del 2008, que ha supuesto la pérdida del escaño. En cuanto a Chunta Aragonesista, de los 93.865 votantes y 1 escaño del 2004, a los 37.995 votantes y sin representación parlamentaria. Sólo han salvado los muebles el BNG, que ha conservado sus 2 escaños, y ha pasado de los 205.000 votos del 2004, a los 209.000 en el 2008. Situación semejante podría ser la de Nafarrai Bai en Navarra, que ha aumentado en 2.000 votos, y por ello ha conservado su escaño del 2004.
Por lo que hace referencia a los partidos nacionalistas, moderados desde un punto de vista social, también han reducido sus votantes. Convergencia i Unió ha pasado de los 829.000 votantes a los 774.000. El PNV de los 417.000 a 303.000 votantes, con la pérdida de un escaño. Coalición Canaria sigue la misma tónica, ya que ha pasado de 221.000 votantes a 164.000, con la pérdida de un escaño. La única excepción sería del PAR aragonés, que ha incrementado sus votantes en 2 millares, aunque sigue sin representación parlamentaria.
Esta es la realidad. El PSOE no sólo ha obtenido una victoria histórica en Cataluña y Euskadi, sino que la ha alcanzado venciendo claramente a las formaciones soberanistas en ambos territorios. Y ZP lo ha conseguido con una política territorial inteligente de compatibilizar la unidad con la diversidad, de reformas estatutarias con el intento de profundizar el estado de las Autonomías, con lo que no sólo no ha roto España, sino que por el contrario la ha mantenido más unida; al neutralizar y reducir el peso de los partidos nacionalistas radicales y no radicales, partidarios de la secesión de España. Todo lo contrario, a la actuación política de hostigamiento del Gobierno de Aznar a los partidos soberanistas entre 2000 y 2004, con lo que contribuyó a reforzar de forma extraordinaria a los nacionalistas más radicales en Cataluña y Euskadi, como pudimos constatar en el éxito del PNV en las elecciones autonómicas del 2001 y el crecimiento de Esquerra en las municipales y autonómicas del 2003 y las generales del 2004. Ahora, en este 9-M constatamos que los elementos más extremos del PNV y ERC se han visto desautorizados en las urnas, donde deben serlo.
Deberían hacer una profunda reflexión los futuros dirigentes del Partido Popular al respecto. Difícilmente se puede llegar al Palacio del Moncloa, sin tener una representación importante en Cataluña y Euskadi. La derecha española debería hacer un profundo esfuerzo, intentando entender que en la Historia de España se han arrastrado y se arrastran una serie de problemas. Uno de ellos es el de la vertebración territorial. Y especialmente lo es el incardinar Cataluña y Euskadi en el Estado español. Sin embargo, pienso que nunca la derecha española, ni la de la dictadura franquista ni la de democracia actual han hecho un esfuerzo serio y generoso para entender el problema de Cataluña y de Euskadi, que está revoloteando, hace mucho tiempo ya y de gran complejidad su resolución, por otra parte. No ha caído a nosotros de una teja el 14-M. Para el Sr. Rajoy no ha existido tal problema, y si lo hay la solución es fácil, concentrando a sus correligionarios ante la Puerta del Sol, para proclamar la unidad de España. De verdad, la cuestión catalana y vasca es más compleja. Hay que negociar, pactar, y dialogar. Lo que debe hacerse es tender puentes entre Cataluña y Euskadi con España y no dinamitarlos a cañonazos verbales, como se ha hecho desde determinados medios de comunicación, impregnados de un nacionalismo español excluyente, sobre todo capitalinos, tanto hablados como escritos. No se puede defender la indisolubilidad de la nación española atacando a los nacionalismos periféricos, lo que consiguen es hacer un flaco favor a la unidad de España, ya que muy al contrario la están agrietando. En Cataluña y Euskadi, la mayoría de los catalanes y vascos lo tienen muy claro. Lo ha podido comprobar el Sr. Rajoy en los resultados electorales del 9-M. La mejor manera de defender la unidad de España es con el diálogo, no con la confrontación. Cabe pensar que aprenderán cara el futuro. Es su obligación.

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