Malditos Rojos.


La Iglesia Católica está cabreada, y de qué manera. Todo viene porque el Estado quiere implantar la famosa asignatura de Educación por la Ciudadanía. Y es que la Iglesia no quiere buenos ciudadanos, sólo quiere buenos cristianos. Y por lo visto no es lo mismo. Con Educación para la Ciudadanía la Iglesia Católica ha visto amenazado su ancestral papel de educador de conciencias, papel que años atrás le atribuía el poder político de turno, pero que ahora, se auto-atribuye a sí misma. La asignatura contra la que predican no tiene más intención que educar en los valores y fundamentos de la Constitución Española, Constitución en la que la Iglesia está demostrando no creer. Han asegurado que “colaborar en la implantación de la nueva asignatura es colaborar al mal” y por ello aconsejan la objeción de conciencia. La Comunidad de Madrid ya les ha hecho caso y recientemente la Consejera de Educación, Lucía Figar, ha propuesto el voluntariado para aquellos que objeten a los contenidos de la materia porque los consideran “contrarios a sus criterios o convicciones religiosas o morales”, según la Confederación Nacional Católica de Padres de Alumnos. Apelan al derecho constitucional (sí, no es broma, ahora apelan a la Constitución) de ejercer la libertad de enseñanza, porque “no pocas familias tienen dificultades para ejercer su derecho de elegir el tipo de enseñanza que deseen de acuerdo con sus convicciones” (eso que se lo digan a los miles de personas que desearían para sus hijos la educación en otras religiones como el islamismo, el budismo, etc.) Vamos, que eligen libremente no ser buenos ciudadanos. Yo, si lo llego a saber, hubiera objetado a algunos contenidos de matemáticas o física, porque francamente, los logaritmos y aquellas fórmulas imposibles de los movimientos rotatorios sólo pueden ser obra del maligno.
¿Cuál es el problema?
Aunque los obispos aseguran que el problema no son los contenidos de una manual concreto, sino la propia asignatura (esto es como cuando decían que el problema no era que los gays y lesbianas se casaran, sino que se le llamara matrimonio), la CONCAPA asegura que objetan a algunos contenidos de la materia. Y es que básicamente la polémica se centra en algunas áreas que pretende tocar la asignatura, y en particular cualquiera relacionada con la sexualidad; la homosexualidad, los matrimonios gays y lesbianas, el sexo y las tesis constitucionales sobre el género son los temas que chirrían para la Conferencia Episcopal. Y eso a pesar de que, creemos, estos contenidos se han dejado bastante apartados para no molestar a nadie, e incluso algunos manuales ni los recogen. Pero sinceramente, el problema no radica en que se hable de sexualidad, de derechos fundamentales o de las reglas del parchís. El problema es que se han cogido la rabieta porque les quitan lo que creen que es suyo. La Conferencia Episcopal le niega todo derecho y responsabilidad al Estado de educar, y más si, como aseguran, el propósito final es “hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo”. ¡Cómo se atreven! ¡Pero si la educación ha sido siempre cosa suya! Malditos rojos…

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